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Escrito por Felipe Rincón Vásquez   
martes, 11 de agosto de 2009

LECCIÓN 5

LA SANGRE DE CRISTO

Fondo bíblico

Levítico 17,11 Porque la vida de la carne en la sangre está, y yo os la he dado para hacer expiación sobre el altar por vuestras almas; y la misma sangre hará expiación de la persona.

1ª Pe 1,18-20 sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata, 19 sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación, 20 ya destinado desde antes de la fundación del mundo, pero manifestado en los postreros tiempos por amor de vosotros,

1ª Juan 1,7 pero si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado.

Hebreos 9,11-28 Pero estando ya presente Cristo, sumo sacerdote de los bienes venideros, por el más amplio y más perfecto tabernáculo, no hecho de manos, es decir, no de esta creación, 12 y no por sangre de machos cabríos ni de becerros, sino por su propia sangre, entró una vez para siempre en el Lugar Santísimo, habiendo obtenido eterna redención. 13 Porque si la sangre de los toros y de los machos cabríos, y las cenizas de la becerra rociadas a los inmundos, santifican para la purificación de la carne, 14 ¿cuánto más la sangre de Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, limpiará vuestras conciencias de obras muertas para que sirváis al Dios vivo? 15 Así que, por eso es mediador de un nuevo pacto, para que interviniendo muerte para la remisión de las transgresiones que había bajo el primer pacto, los llamados reciban la promesa de la herencia eterna. 16 Porque donde hay testamento, es necesario que intervenga muerte del testador. 17 Porque el testamento con la muerte se confirma; pues no es válido entre tanto que el testador vive. 18 De donde ni aun el primer pacto fue instituido sin sangre. 19 Porque habiendo anunciado Moisés todos los mandamientos de la ley a todo el pueblo, tomó la sangre de los becerros y de los machos cabríos, con agua, lana escarlata e hisopo, y roció el mismo libro y también a todo el pueblo, 20 diciendo: Esta es la sangre del pacto que Dios os ha mandado. 21 Y además de esto, roció también con la sangre el tabernáculo y todos los vasos del ministerio. 22 Y casi todo es purificado, según la ley, con sangre; y sin derramamiento de sangre no se hace remisión. 23 Fue, pues, necesario que las figuras de las cosas celestiales fuesen purificadas así; pero las cosas celestiales mismas, con mejores sacrificios que estos. 24 Porque no entró Cristo en el santuario hecho de mano, figura del verdadero, sino en el cielo mismo para presentarse ahora por nosotros ante Dios; 25 y no para ofrecerse muchas veces, como entra el sumo sacerdote en el Lugar Santísimo cada año con sangre ajena. 26 De otra manera le hubiera sido necesario padecer muchas veces desde el principio del mundo; pero ahora, en la consumación de los siglos, se presentó una vez para siempre por el sacrificio de sí mismo para quitar de en medio el pecado. 27 Y de la manera que está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio, 28 así también Cristo fue ofrecido una sola vez para llevar los pecados de muchos; y aparecerá por segunda vez, sin relación con el pecado, para salvar a los que le esperan.


La Sangre de Cristo y la expiación

En el hebreo el significado etimológico de la palabra expiación es oscuro. Génesis 32.21 favorece el sentido básico ¨ cubrir ¨, aunque también son posibles ¨ lavar ¨ y ¨ propiciar ¨. Y rescate según éxodo 21.30. En el mundo griego puede tomar la forma de lavamientos o fricciones, pero también incluyen sacrificios en los cuales las manchas son transferidas a la victima y así se quitan. Denota la remoción de la culpa.

 

La expiación se entiende generalmente como ¨ satisfacción ¨. Este término significa que al sufrir y morir en la cruz, Jesús tomó el lugar de los hombres pecadores y compensó por ellos la infinita ofensa infligida a Dios por sus pecados. Consiguientemente, los salvó satisfaciendo en lugar de ellos las exigencias absolutas de la justicia divina. Entender la expiación como satisfacción es enseñar que Dios tenía que ser satisfecho de su demanda, para aplacarlo en su ira contra el pecador.

 

Francois Varone nos dice:1 ¨ La sangre y el sacrificio de Jesús deben ser sacados del contexto de ¨ satisfacción ¨ y devuelto a su verdadero contexto: Revelación.¨ La satisfacción desforma el rostro de Dios, haciendo de él un monstruo o una máquina jurídica. El precio del rescate debía ser inexorablemente pagado a ese dios contable e incapaz de perdonar. La satisfacción reduce a Jesús al papel de victima expiatoria, privándolo de lo único que da sentido y virtud a su muerte. Sus obras y su enseñanza no sirven, sino para excitar más al verdugo.

 

La muerte de Jesús interpretada religiosamente, revela a Dios como un poder exigente, amenazante y peligroso. Por lo que confirma al hombre en su temor ante Dios; tal vez logre aprender a controlar dicho temor, pero lo cierto es que queda encerrado en él. Ese Dios que exige una satisfacción tan terrible -y lo ha demostrado en el suplicio de su propio hijo- hará lo mismo con cualquier hombre. Y es entonces cuando crece el temor alienante y destructor. Para salvar al hombre hay que hacer cambiar a Dios; ya sea que se aplaque su cólera mediante el dolor físico, ya sea que se satisfagan su justicia y su honor mediante la humillación servil.

 

Estas teorías satisfaccionistas pierden sentido si tenemos un recuentro con la resurrección. Según las teorías presentadas, la resurrección es solo uno de los tantos milagros apologéticos que sirven para mostrar ciertas cosas a propósitos de Jesús, así que probaba que el sacrificio había sido aceptado. Por tanto, era la muerte, y solo la muerte la que salvaba, y toda la atención creyente se centraba en la muerte de Jesús. La resurrección no era más que un ornato apologético. La exposición bíblica hace saltar por los aires esta reducción. No es posible seguir centrándose exclusivamente en la muerte de Cristo, después de descubrir la afirmación de Pablo: ¨ si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación y vana nuestra fe ¨ (1 Corintios 15.4). No es posible considerarse salvo por el mecanismo de la satisfacción después de leer en Romanos 10.9 ¨ si tus labios confiesan que Jesús es Señor y crees en tu corazón que Dios lo ha resucitado de entre los muertos, serás salvado ¨, o lo que dice Pedro: ¨ Bendito sea Dios... que nos ha regenerado por la resurrección de Jesús de entre los muertos ¨ (1 Pedro 1.3).

Evidentemente que nos movemos en un mundo muy distinto al de las teorías satisfaccionistas.

 

Jesús es Revelación no satisfacción.

Es en la unidad de la revelación divina y la representación humana que Jesús es por la fe una expiación en su sangre, y con eso trae la redención. Jesús representa a Dios, es la revelación de Dios a la humanidad. Jesús representa a la humanidad, toma su lugar para santificarla y purificarla. El toma la sangre humana para santificarla y luego devolverla a la humanidad.

 

Jesús no debe ser visto como sustituto del castigo que nosotros merecíamos. Jesús sufrió, no fue castigado porque él no tenía pecado. Al decir 2 Corintios 5.21 ¨Al que no conoció pecado, se hizo pecado por nosotros ¨ se está utilizando el término ¨pecado¨ en el sentido de ¨ofrenda por el pecado¨. En el Antiguo Testamento se nos dice que el sacrificio del animal es para hacerse ¨pecado¨, sin embargo es traducido ¨ofrenda por el pecado¨. El pecado no se transfería a los animales. En 1 de Pedro 2.24 se nos dice que Él cargó el peso de, o llevó nuestros pecados de manera que la responsabilidad por nuestra culpa fue sobre el como si el sufrimiento por los pecados fuese suyo.

 

La expiación no es una transacción comercial. Todo el que viene a Jesús está en deuda con el. Fue el sacrificio de Cristo y no nuestras buenas obras que nos permitió venir a él.

 

Cuando hablamos de la expiación, debemos rechazar cualquier castigo de Jesús en la cruz. Ésta representa a Jesús trabajando para suministrar una salida al hombre. La cruz no es una escena donde el Padre esta airado lanzando relámpagos y rayos sobre la cabeza del Hijo, sino una escena donde el amor de Dios le hace al Hijo resistir el dolor mas horrendo con el fin de salvar la humanidad de la única manera viable.

 

La culpa de la raza humana no fue transferida a Cristo. El carácter es personal, y no puede ser transferido. El pecado no es una entidad, ni una sustancia que puede ser separada de un pecador y ser transferida a otro y este último recibirlo como un atributo de su carácter, resultado de dicha transferencia. Pecado es el acto o estado del pecador. Si el pecado no puede existir en lo abstracto, no puede ser castigado en lo abstracto. Si no puede ser transferido a otro, no puede ser castigado en otro, aunque un hombre puede sufrir voluntariamente para salvar a otro del castigo.

Siendo verdad que Jesús es nuestro sustituto, es nuestro sustituto estrictamente y solo en el sufrimiento, no en el castigo. El pecado no puede ser castigado y perdonado a la vez. Si Cristo fue castigado por nosotros, entonces no hay necesidad de que Dios nos perdone, pues la justicia ha sido ya satisfecha. Como juez no puede castigar y perdonar a la vez. De modo que la expiación es una provisión y no un pago. El calvario no es una manifestación de ira, sino de amor. Dios estaba en Cristo, reconciliando consigo al mundo. Ahora lo que tenemos que hacer es apropiarnos de esa provisión, pues no hay castigo de pecado sino para aquel que niega al Salvador. Para los demás está el castigo. Cristo sufrió voluntariamente para salvar del castigo a aquello que a él se acercan.

 

El sufrimiento y la muerte de Cristo deben ser vistos en conjunto. Vida, muerte y resurrección de Cristo. El sufrimiento vicario y la muerte de Cristo son una expiación por el pecado como sustituto condicional del castigo, por lo que queda la obligación de justicia en el gobierno moral. La salvación no es algo que no implica seguir el ejemplo del Cristo viviente.

 

La Carta a los Hebreos va dirigida a cristianos que parecen haber perdido su vigor y comienzan a añorar las grandes liturgias judías a las que asistían antes de su conversión a la fe. Especialmente el sacrificio del Gran Perdón, que era el más solemne de la liturgia del Templo, se celebraba una vez al año, en que el Sumo Sacerdote y solo él, después de interminables preparativos de purificación entraba en el lugar santísimo para celebrar en él la renovación de la alianza entre Dios y su pueblo.

El escritor de la Carta hace un paralelismo entre este sacrificio y el sacrificio de Jesús.


¿En qué consistía ese sacrificio? Consistía en cuatro actos litúrgicos:

  1. La obtención de la sangre.

  2. El paso a través del velo con la sangre.

  3. Rociar el propiciatorio.

  4. Rociar al pueblo.


La obtención de la sangre.

Para celebrar un sacrificio de alianza cuyo gran símbolo sea la sangre, era necesario la ejecución de un animal, porque no se puede obtener la sangre de un animal sin ejecutarlo.


Al cabo de un año entero de pecados y de infidelidades a la Alianza con Dios, el pueblo necesitaba renovar la alianza con él, y a esta necesidad responde la institución divina de la gran celebración de la expiación. Se trata de la vida del pueblo. Pero no es posible tomar la sangre del pueblo; por eso deberá ser la sangre de un animal la portadora del ritual de dicho significado. En principio, el pueblo comprende el rito y su simbolismo y se identifica con la sangre que el sumo sacerdote recoge.

El pueblo no se identifica con el animal sacrificado ni ve en él una víctima que ocupe su lugar. No se trata del castigo ni de sustitución: la ejecución sirve únicamente para obtener el símbolo ritual, la sangre.


El paso a través del velo.

La sangre recogida en un vaso y transportada por el Sumo Sacerdote, es, pues, la vida del pueblo. Con esa sangre el Sumo Sacerdote atraviesa el velo y desaparece en el interior del lugar santo para ofrecer el rito correspondiente a fin de que Dios acoja al pueblo y que este continúe siendo su pueblo.


El rociamiento del propiciatorio.

Al otro lado del velo, el Sumo Sacerdote encuentra el Arca de la Alianza, una especie de cofre, en el que se contienen las tablas de la ley, recubiertas de oro, con dos estatuas en la parte superior que representan a dos querubines. Ninguno de esos objetos representa a Dios, porque Dios no puede ser representado por ningún tipo de imagen. Dios ofrece su presencia en el vacío que hay encima del Arca, entre ambos querubines.

Ritualmente la renovación de la Alianza se producirá en el momento en que ambos símbolos, el vacío y la sangre se encuentran. Lo que se efectúa mediante el rociamiento de sangre, la cual inevitablemente, cae sobre la tapa de oro del arca. De acuerdo con su contenido simbólico la sangre que cae sobre el propiciatorio es la vida del pueblo, que ha recuperado su condición de Pueblo de Dios.

Es la vida de Israel, renovada al término de un proceso no compensatorio (en virtud de los dolores y la muerte de la víctima que sustituye al pueblo) sino existencial; un proceso de conversión que se significa en el rito.


El rociamiento del pueblo.

Una vez la alianza ha sido renovada, se le debe notificar al pueblo que permanece fuera. Es preciso que la sangre, preñada de todas esas significaciones salvíficas, regrese a su portador simbólico: el pueblo. Por ello el Sumo Sacerdote no rocía el propiciatorio más que con una parte de la sangre, reservando otra parte de la misma para efectuar el rociamiento sobre el pueblo.


La sangre de Cristo es la vida de Cristo. Esa vida se nos da por medio del nuevo nacimiento. Ahora tenemos la vida de Cristo con todos los beneficios que eso implica.


Lo que hace la sangre de Cristo por nosotros

  1. Por la sangre de Jesús tenemos redención (Efesios 1,7; Hebreos 9,12). Redención sugiere la intervención divina a favor de su pueblo sin una referencia específica a un rescate que hubiera que pagar (Lucas 2,38; 24,21).

  2. Por la sangre de Jesús todos nuestros pecados son perdonados si los confesamos (1ª Juan 1,7-9).

  3. Por la sangre de Jesús somos justificados, hechos justos. Estamos vestidos de su justicia (Romanos 5,9).

  4. Por la sangre de Jesús tenemos acceso a la presencia de Dios a cualquier hora para obtener misericordia y ayuda (Hebreos 10,19-20).

  5. Por la sangre de Jesús somos santificados, hechos santos y apartados para Dios (Hebreos 13,12).

  6. Por la sangre de Jesús nuestra conciencia es limpiada de toda culpabilidad para servir al Señor Jesucristo (Hebreos 9,14).

  7. Por la sangre de Jesús tenemos victoria sobre el diablo y le vencemos (Apocalipsis 12,11).


Preguntas para reflexión

  1. ¿Por qué es importante la sangre de Jesús?

  2. ¿Por qué no debemos pensar en la muerte de Jesús como un pago?

  3. ¿Por qué la sangre de Jesús nos ha abierto un camino para poder tener acceso al Padre?

  4. ¿Por qué somos santificados por la sangre de Jesús?


Resumen y aplicación

  1. La sangre de Jesús es una dádiva de Dios a fin de preparar el camino para que volvamos a tener relación con él.

  2. La sangre de Jesús nos da vida purificándonos de todo pecado si confesamos nuestros pecados.

  3. No se requiere más sacrificio que el de Jesús, el se sacrificó para que nosotros pudiéramos alcanzar la vida. Ese sacrificio es completo.

  4. La sangre de Jesús es efectiva para nuestra vida diaria y nos pone en condiciones para servir a Dios fructíferamente, con la conciencia limpia, y con la paz de Dios rigiendo en nuestro corazón.

  5. La sangre de Jesús nos habilita para tener integridad.

1 Varone Francois: El dios ¨sádico¨.Sal Terrae. España. 1988.

Modificado el ( martes, 11 de agosto de 2009 )
 
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