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La Lucha Contra el Pecado V: La Carne [audio] PDF Imprimir E-Mail
Escrito por Pastor Felipe Rincón   
domingo, 07 de octubre de 2007

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Solo el espíritu da vida, la carne no sirve para nada ¨ (Juan 6.63). Es preciso que el hombre carnal (nos referimos al hombre viejo, adámico, animal y terreno) venga a transformarse en hombre espiritual, pues de poco valdría que el ser humano hiciera esfuerzo para liberarse del diablo y del mundo, si estuviera sujeto a la carne. El cristiano, el hombre nuevo, espiritual, celestial, nace y crece en la medida en que se produce la abnegación de la carne, el renunciamiento, el despojamiento y desposeimiento, la mortificación del hombre carnal.

Jesús decía a todos: ¨ El que quiere venir detrás de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame. Porque quien quiere salvar su vida, la perderá, y quien perdiere su vida por mi causa, la salvará ¨(Lucas 9.23,24; Mateo 16.24,25; Marcos 8.34,35) No es posible ser discípulo de Cristo Jesús si no se le prefiere a todo, aun a la propia vida, y si no se renuncia a todo lo que se tiene (Lucas 14.26,27,33).

Y Pablo enseña lo mismo en Efesios 4.22-24; Romanos 13.12,14; Colosenses 3.9,10. Dice Pablo ¨ Dejando vuestra antigua conducta, despojaos del viejo hombre, viciado por la corrupción del error; renovaos en vuestro espíritu, y vestíos del hombre nuevo, creado según Dios en justicia y santidad  verdaderas ¨. La razón es clara: ¨ No somos deudores a la carne para que vivamos según la carne, porque si vivimos según la carne, moriremos; mas si con el Espíritu mortificamos las obras de la carne, viviremos ¨(Romanos 8.12,13).

 

Estamos llamados a un desposeimiento y esto implica que no debemos poner nuestros afectos en las cosas, y en ocasiones implica no solamente el no poner nuestros afectos sino aún negarnos a la posesión efectiva de la cosa.

La santidad cristiana no siempre exigen ¨ no tener ¨, pero siempre exige ¨ tener como si no se tuviera ¨, es decir, sin apego desordenado (1ª. Corintios 7.29-31). De modo que, en este asunto no estamos tratando acerca del carácter de las cosas sino de la desnudez del gusto y apetito de ellas, que es lo que deja al alma libre y vacía de ellas, aunque las tenga; porque no ocupan al alma las cosas de este mundo ni la dañan, porque no entran en ella, sino la voluntad y apetito que moran en el alma. Esas si que le hacen daño.

 

Santificación activa y pasiva

Entendemos por santificación activa, a aquella renuncia que el alma hace de su parte con la ayuda de la gracia; y por santificación pasiva aquella modalidad de santificación en la que el alma está como si no hiciera nada, solamente consiente y se entrega a la voluntad de Dios, siendo Dios quien obra en ella.

Es indudable que la actividad ascética de las virtudes predomina en los comienzos de la vida espiritual, y que mientras esas ascesis no están bien adelantadas no se llega a la vida mística pasiva, en la que predomina el régimen espiritual de los dones.

 

 

 

 

Ejercicios y prácticas para la perfección cristiana

Debemos dedicarnos a la perfección del sentido y del espíritu.

Entendemos por espíritu del hombre: entendimiento, memoria, voluntad y carácter. Y por sentido: todo el plano inferior al nivel intelectual-volitivo, es decir; el plano de las sensaciones y sentimientos, todo este mundo anímico en que las diversas escuelas de psicología ponen sensaciones, percepciones, necesidades, instintos, pulsiones, tendencias, sentimientos, afectos y emociones.

Es importante hacer esta aclaración puesto que he leído autores que depositan en el alma y solo en ella todas las funciones de la personalidad. Entienden estos que el intelecto, las emociones y la voluntad, son funciones solamente del alma y que el espíritu no interviene en esto. Que las funciones del espíritu son únicamente conciencia, intuición y comunión.

 

Para la perfección del sentido

El ser humano tiene en su sentido graves desordenes. Sus inclinaciones sensibles desean con frecuencia objetos que entendimiento y fe rechazan; o sienten repugnancia por aquello que podría hacerle bien.

Mientras una persona está a merced de sus gustos o repugnancias sensibles, no es libre, no está dócil al Espíritu divino, está incapacitado para ejercitarse en las virtudes (prudencia, fortaleza, castidad, etc.). El que es incapaz de hacer lo que le repugna aún cuando sabe que le conviene, o se muestra impotente para negarse a lo que se agrada –aunque entienda que es malo–, es persona entregada a los deseos de su corazón. No podrá amar a Dios en espíritu, que es inaccesible al sentido; no podrá perseverar en la oración, ni podrá obedecer los mandatos divinos que le repugnan. Tampoco podrá amar al prójimo, si todavía esta sujeto a simpatías o antipatías sensibles: caerá necesariamente en la acepción de personas. Para amar hay que darse, para darse hay que poseerse, y una persona que no se posee –no tiene dominio de sí- en tanto está al merced de filias o fobias sensibles.

Terribles daños sufre el hombre esclavizado al sentido. El más grave, la privación de Dios. Refiriéndose a este asunto alguien dijo ¨ Todas las afecciones que se tienen en las criaturas son delante de Dios puras tinieblas, de las cuales estando el alma vestida no tiene capacidad para ser ilustrada y poseída de la pura y sencilla luz de Dios, si primero no las desecha de sí. Pero además de esto, los apetitos sensibles desordenados cansan el alma y la atormentan y oscurecen y la ensucian y enflaquecen; son como hijitos inquietos y descontentos, que siempre están pidiendo a su madre uno y otro, y nunca se contentan ¨.

 

La práctica que busca la perfección del sentido es absolutamente necesaria. En la vida espiritual muchos esfuerzos bien intencionados (de lecturas, reuniones, oraciones) apenas valdrán de algo en tanto se permita al sentido vivir a su gusto, sin sujetarse en todo amor de caridad.

 

Es una suma ignorancia del alma pensar que podrá pasar a un mayor nivel de unión con Dios, si primero no vacía el apetito de todas las cosas naturales y sobrenaturales que le puedan impedir su crecimiento. Hasta que no cesen estos apetitos no hay manera en llegar, y mientras más rápido se deshace de éstos, mejor le irá. No importa que ejercite virtudes si no tiene el alma vacía y desnuda y purificada de todo apetito. Y es que no caben en una misma persona amor perfecto a Dios y amor desordenado a la criatura. Dos contrario no pueden caber en un sujeto, y el mal amor a criatura es una forma de idolatría.

 

La sujeción del sentido al espíritu es el comienzo mismo del camino de la sabiduría. La práctica cristiana de purificación del sentido se caracteriza por tener los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús (Filipenses 2.5), por medio de la oración, meditación del evangelio, y ejercicios de las virtudes, sobre todo de la caridad. Veamos algunos principios de esta práctica:

 

1.   La fuerza de la caridad es la que libera al sentido de sus apegos. Esta práctica cristiana no pretende matar la sensibilidad, a no ser que en algún aspecto fuera preciso, sino integrar su impulso a la corriente más alta y fuerte de la caridad. Como dijo alguien ¨ no se trata de que el jinete mate el caballo para evitarse rebeldías, sino que lo domine y lo ponga a su servicio y al de los demás.

2.   Nunca el sentido debe constituirse en principio de pensamiento y acción. Nunca un cristiano debe profesar una idea porque le agrada más, porque se acomoda mejor a su temperamento, sino por ser verdadera. Nunca debe hacer u omitir una obra porque le gusta o fastidia, sino porque es conveniente o inoportuna. El cristiano debe regirse por la fe y la caridad.

3.   No hay que buscar, ni menos exigir, gustos sensibles en las cosas espirituales. Ni en la oración, ni en la acción, ni en lecturas, ni en trabajos evangelísticos, ni en nada. Si Dios da consolación sensible, o si no lo da, hay que servirle igual, y sin queja alguna.

4.   Hay que distinguir entre gustos sensibles que acercan a Dios o que alejan de él, para mantener unos y sanar o suprimir los otros. Cuando uno ve que cierto gusto sensible le es obligatorio o le es necesario, y le ayuda espiritualmente a unirse a Dios (algo así como un viaje, dormir, oír música), tendrá que moderar ese gusto pero no suprimirlo. Pero, por el contrario, si ese gusto no es obligatorio ni necesario, ni le acerca a Dios, debe tender a suprimirlo: cualquier gusto que se le ofreciere a los sentidos, como no sea puramente para honra y gloria de Dios, renúncielo y quédese vacío de él por amor a Jesucristo. Si se trata de algo que claramente le daña espiritualmente, es claro que debe suprimirlo inmediatamente.

Sanado el sentido, esa persona quizá puede recuperar lo renunciado, según sea el caso. Por ejemplo, una persona desordenadamente apegada a la lectura de ciertos libros que no le acercan a Dios, más aún, le aleja: le quita oración, atención al prójimo, estudio. Debe renunciar por un tiempo a ese tipo de lectura. Quizás más adelante pueda recuperarla sin dificultades espirituales, y es posible que le convenga.

5.   La liberación del sentido ha de ser total, pero ha de conseguirse parcial y progresivamente. No podría ser de otro modo. El cristiano intencionalmente ha de pretender desde el principio el despojamiento total de cualquier apego desordenado; pero ha de proceder por fases, comenzando por mortificar los apetitos más gravemente desordenados, para ocuparse después de los menos perjudiciales.

6.   La mortificación del sentido hay que hacerla sin miedo, y sin dramatizar las renuncias. Los hijos de Dios deben tumbar los ídolos de un manotazo sin pensarlo dos veces, y sin temor alguno a las consecuencias. Incluso esa mortificación ha de hacerse con alegría, porque en esta desnudez del sentido halla el alma espiritual su quietud y descanso.

 

Inmensos bienes trae la ascesis del sentido.

 Vivir como victima constante de una afectividad desordenada es, sin comparación, mucho más duro que mortificar y santificar el sentido. La purificación del sentido acrecienta la inteligencia, da fuerza a la memoria, libertad a la voluntad; disminuye el sufrimiento de la vida, atenúa el cansancio, hace menores las necesidades –de sueño, dinero, vacaciones, cosas-; logra que el alma gane armonía y serenidad, haciéndose para los otros más amable. Pero sobre toda la cosa facilita el acceso a Dios: mientras que los apetitos no se adormezcan por la mortificación en la sensualidad, estarán haciéndole guerra al espíritu, y no saldrá el alma a la verdadera libertad, a gozar de la unión con su amado. Dice Mateo 5.8 ´ Los limpios de corazón verán a Dios ¨.

 

 

Modificado el ( lunes, 16 de marzo de 2009 )
 
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